Siempre he creído que cuidar es mucho más que una acción, es una manera de estar en el mundo. Desde muy joven sentí una inclinación natural hacia el acompañamiento, hacia estar presente para otros. Me interesaba lo que las personas sentían, lo que les costaba poner en palabras, lo que no se atrevía a ser nombrado. No desde la curiosidad, sino desde el deseo profundo de estar al lado, de sostener sin invadir, de comprender sin imponer.
Esa mirada me llevó, de forma casi inevitable, al trabajo social. Allí descubrí la complejidad de las vidas atravesadas por múltiples factores: historias familiares, condiciones sociales, heridas invisibles, contextos muchas veces hostiles. Aprendí a acompañar desde el compromiso, la escucha atenta y la defensa del derecho a una vida digna. Fue una etapa que marcó profundamente mi forma de comprender el sufrimiento humano y me dio una base sólida para mirar a cada persona en su totalidad, no solo desde sus síntomas o sus dificultades.
Con el tiempo, sin embargo, empecé a sentir que necesitaba llegar más hondo. Quería entender mejor los procesos internos, las emociones que se enquistan, los vínculos que dejan huella, las heridas que se repiten sin darnos cuenta. Quería tener más herramientas para acompañar el dolor desde dentro, no solo desde fuera. Y así llegué a la psicología.
La psicología me permitió nombrar lo que intuía, profundizar en aquello que ya acompañaba desde la práctica. Me formé con el deseo de integrar. Hoy, como psicóloga, siento que ese recorrido previo me permite mirar el sufrimiento desde un lugar más humano y menos clínico, más vincular y menos técnico, más cercano y menos patologizante.
Creo profundamente en el poder del vínculo terapéutico como espacio de reparación. En la importancia de que alguien nos mire con respeto, sin juicio, con paciencia. En la posibilidad de que, incluso en medio del dolor, algo pueda empezar a moverse cuando sentimos que no estamos solos. Trabajo desde la convicción de que la terapia es un proceso profundamente transformador cuando se da en un contexto de seguridad, autenticidad y conexión.
El respeto, la escucha, la coherencia y la honestidad, guían cada encuentro. No creo en fórmulas universales, sino en espacios únicos construidos junto a cada persona, en los que el ritmo lo marca quien llega. Me interesa comprender las historias, no etiquetar. Validar lo que duele, no minimizar. Ofrecer herramientas, presencia, palabra, silencio y acompañamiento real.
Mi motivación sigue siendo la misma que al principio; mantenerme al lado. Cuidar. Acompañar. Sostener. Ser parte de un proceso que ayude a quien tengo enfrente a comprenderse mejor, a resignificar su historia y a vivir con un poco más de libertad, calma y sentido.
Acompañar a otros en sus procesos no es algo que haya aprendido solo desde los libros. También he atravesado momentos donde la ausencia se hace presente, donde todo cambia de forma sin pedir permiso. Por eso, sé que algunas heridas no se ven, pero se sienten hondo. Y también sé que, incluso en ese dolor, hay maneras de seguir habitando la vida.
La formación y la experiencia es una parte esencial de mi compromiso con el cuidado. Este es el camino que he recorrido hasta ahora.