La urgencia por cambiar: inmediatez, cuerpo y malestar emocional

Vivimos en una época atravesada por la urgencia. Todo parece pedir resultados rápidos, cambios visibles y soluciones inmediatas. En ese contexto, la lógica de la inmediatez aparece de diferentes formas y en distintos ámbitos de nuestra vida como intentos de alivio acelerados que, aunque más o menos validados socialmente, pueden generar un profundo desgaste emocional.

La hiperproductividad, por ejemplo, muchas veces funciona como una forma de tapar el vacío: trabajar más, rendir más, esperar ascensos, reconocimientos o bonus inmediatos con la fantasía de que, cuando eso llegue, algo interno por fin se va a ordenar. Sin embargo, cuando el logro aparece y el malestar sigue ahí, lo que queda es cansancio, desconexión y la sensación de estar corriendo sin saber bien hacia dónde. Por no hablar de los contextos en los que ese resultado nunca llega y aun así, no se desiste en el intento de conseguirlo, bien movidos por el deseo consciente o bien, movidos por una fuerza interna que solo busca calmar el vacío.

Algo similar ocurre cuando se aceleran las relaciones. Vincularse rápido, fusionarse, adelantar etapas puede calmar momentáneamente la angustia de la soledad o el miedo al abandono. Pero cuando el ritmo no permite construir desde el deseo y la elección, sino desde la urgencia, suelen aparecer vínculos frágiles, dependientes o conflictivos. El alivio inicial se transforma en ansiedad, control o miedo a perder al otro.

En todos estos casos, al igual que ocurre con la pérdida de peso vivida desde la urgencia, el patrón se repite: se busca cambiar algo externo de forma rápida para calmar algo interno que pide tiempo, escucha y elaboración. De ahí el auge del consumo de Ozempic, más allá de su indicación médica concreta. En este caso el cuerpo se convierte en un lugar donde depositar expectativas. Cambiarlo rápido parece prometer descanso, aceptación y control. Sin embargo, en muchos casos, incluso cuando el peso baja y el cuerpo se transforma, la ansiedad permanece. El malestar interno no desaparece al mismo ritmo que los kilos, incluso en ocasiones, no llega a hacerlo nunca,  y eso suele generar una sensación desconcertante: “si ya logré lo que quería, ¿por qué sigo sintiéndome así?”.

Para muchas personas, la relación con el cuerpo está atravesada por historias largas de exigencia, vergüenza o crítica. No se trata solo de cómo se ve el cuerpo, sino de lo que se cree que ese cuerpo dice sobre quién se es. Cuando el foco está puesto únicamente en modificar la forma, lo que hay debajo, la relación con uno mismo, con la comida, con el deseo, con el control, queda intacto. Y entonces, aunque el síntoma visible cambie, la herida emocional sigue buscando una salida.

Hay casos en los que, aun después de bajar de peso, continúan las mismas dificultades relacionales: miedo al rechazo, necesidad constante de validación, inseguridad, comparaciones, conflictos con la intimidad. Sí, el cuerpo cambia, pero la forma de vincularse no. Porque lo que afecta a las relaciones rara vez es solo el cuerpo, sino la manera en que cada persona se siente consigo misma y con los demás.

La promesa de la inmediatez suele ofrecer alivio rápido, pero pocas veces propone elaboración. Cambiar deprisa puede evitar, al menos por un tiempo, detenerse a sentir. Y para quienes crecieron sin espacio para registrar emociones, para quienes aprendieron a exigirse o a callar lo que dolía, frenar puede resultar incluso más amenazante que seguir corriendo. La urgencia, en ese sentido, funciona muchas veces como una defensa.

Nada de esto implica juzgar decisiones individuales ni desconocer el alivio que algunas personas pueden experimentar. Implica ampliar la mirada y reconocer que no todo el malestar se resuelve desde la imagen y que cuando se intenta hacerlo así, lo emocional suele reaparecer de otras formas: ansiedad persistente, sensación de vacío, dificultad para disfrutar, relaciones que siguen tensas o insatisfactorias.

También es cierto que, en algunos casos, la bajada de peso puede convertirse en un punto de partida y no en un punto de llegada. Cuando el cuerpo cambia, se abre una oportunidad distinta: la de construir desde ahí, en lugar de esperar que todo se ordene automáticamente. Para ello, es importante trabajar una relación más amable con la propia imagen, revisar las creencias que siguen operando, atender la ansiedad que no desapareció y preguntarse qué lugar ocupaba ese malestar antes. El cambio físico puede aliviar, pero el trabajo más profundo empieza después, cuando aparece la posibilidad de sostener lo logrado sin que la exigencia, el control o el miedo vuelvan a tomar el mando.

Tal vez por eso resulta tan importante preguntarse qué se busca realmente cuando se busca una solución rápida. Qué se espera que cambie, qué se necesita calmar, qué historia de dolor se está intentando aliviar.

A veces, lo que más ayuda no es llegar rápido, sino animarse a sostener el proceso que permite que el cambio sea real, interno y, sobre todo, más amable con uno mismo.

En una cultura que empuja a acelerar, atreverse a frenar puede ser un acto profundamente transformador.