La ansiedad se ha convertido en una de las grandes protagonistas silenciosas de nuestra época y lo que es peor, no siempre se manifiesta de forma evidente, a veces aparece como cansancio constante, dificultad para desconectar, irritabilidad, insomnio, la sensación persistente de “no llegar a todo”. Otras veces, el cuerpo acaba diciendo basta y los síntomas son tan limitantes que se traducen en forma de bajas laborales por estrés, cada vez más frecuentes y normalizadas.
Las bajas por ansiedad y estrés no son una debilidad individual, son un síntoma social. Vivimos en una cultura que valora la productividad por encima del bienestar, donde parar se interpreta como fracasar y descansar como perder el tiempo. En muchos casos, las personas no se dan permiso para frenar hasta que el cuerpo o la mente colapsan.
La ansiedad laboral suele estar relacionada con, sobrecarga de tareas y responsabilidades, falta de límites entre vida personal y trabajo, inseguridad laboral o miedo a no ser suficiente, ambientes altamente competitivos o poco humanos.
Uno de los factores más comunes detrás de la ansiedad es la autoexigencia excesiva. Personas que se piden más de lo que pedirían a nadie, que sienten que nunca es suficiente, que viven con una voz interna crítica que empuja constantemente a hacerlo mejor, más rápido, más perfecto.
La autoexigencia suele disfrazarse de responsabilidad o compromiso, pero en realidad puede esconder, miedo al error, necesidad de validación externa, creencias profundas de “valgo por lo que hago”, dificultad para tolerar la imperfección o el descanso.
Querer llegar a todo, poder con todo y no fallar a nadie termina, paradójicamente, alejándonos de nosotros mismos y de los demás.
También hay que saber que no toda la ansiedad nace en el presente. En muchos casos tiene raíces en experiencias pasadas que dejaron huella: infancias marcadas por la exigencia, la falta de seguridad emocional, el abandono, el miedo o la necesidad de estar siempre alerta.
El trauma, no siempre evidente ni asociado a grandes acontecimientos, puede generar un sistema nervioso hiperactivado, que vive el día a día como si estuviera en peligro constante. Así, la ansiedad aparece como un intento del organismo de protegerse, aunque lo haga de una forma agotadora.
Por eso debemos entender que parar no es rendirse. Parar es regular, escuchar y cuidar. Reducir el ritmo no significa dejar de avanzar, sino hacerlo de una manera más sostenible y consciente.
Algunas claves importantes para hacerlo son, aprender a poner límites, incluso a uno mismo, revisar las creencias sobre el éxito y el valor personal, escuchar las señales del cuerpo antes de que se conviertan en síntomas y pedir ayuda profesional cuando la ansiedad empieza a ocupar demasiado espacio.
Vivimos en una lógica de acumulación: más tareas, más objetivos, más exigencias. Pero muchas veces, el bienestar llega cuando restamos: menos prisa, menos culpa, menos autoataque.
Y es que la ansiedad no es el enemigo; es un mensaje. Escucharla a tiempo puede marcar la diferencia entre sobrevivir y vivir.

